La tienda de antiguedades

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Después de despedirse de su abuelo, cuando volvía al otro carruaje se sintió tentada por el frescor de la noche y decidió pasear un poco. La luna brillaba sobre la vieja puerta de la ciudad y el pasaje bajo el arco estaba oscuro. Con una mezcla de curiosidad y de miedo, se acercó despacio a esta puerta y se detuvo a contemplarla, extrañándose de su aspecto lóbrego y frío.

Había un nicho vacío, cuya estatua había debido de caerse o había sido robada cientos de años atrás, y la niña se hallaba pensando en la gente extraña que la estatua habría visto cuando estaba allí y en las luchas y los asesinatos que se habrían producido en un sitio tan silencioso, cuando, de repente, emergió un hombre de la sombra negra del arco. La niña lo reconoció al instante. ¡Quién no habría reconocido al feo y deforme Quilp!

La calle era tan estrecha y la sombra de las casas era tan negra que parecía emergido de las entrañas de la tierra. Pero allí estaba. La niña se apartó a un rincón oscuro y lo vio pasar cerca de ella. Llevaba un bastón en la mano y, cuando hubo atravesado la oscuridad de la vieja puerta, se apoyó en él, miró atrás —directamente, al parecer, hacia donde ella estaba— e hizo una señal.


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