La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Entretanto, la caravana siguió dando tumbos como si también hubiera bebido cerveza fuerte y estuviera mareada; al final desembocó en las calles pavimentadas de una ciudad libre de transeúntes y completamente silenciosa, pues ya era cerca de la medianoche y sus habitantes estaban en la cama. Como era demasiado tarde para ir a la sala de exposición, se quedaron a pasar la noche en un descampado junto a la vieja puerta de la ciudad, cerca de otra caravana que, a pesar de llevar un cartel con el nombre de Jarley en letras grandes y de transportar las figuras de cera que eran el orgullo de su país, estaba marcada con la vulgar contraseña municipal de «vehículo ferial» y un número correspondiente —siete mil cien— ¡como si su preciosa carga fuera simple harina o carbón!
Como este vehículo tan poco valorado por la municipalidad estaba vacío (pues había depositado su carga en la sala de la exposición y pararía ahí hasta que fueran requeridos de nuevo sus servicios), fue asignado al anciano como lugar de descanso para la noche. Entre sus paredes de madera, Nell le hizo la cama lo mejor que pudo con los materiales que encontró a mano. En cuanto a ella, dormiría en el carruaje de la señora Jarley, como testimonio de su favor y confianza.