La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Una vez alcanzado este punto sublime, la señora Jarley bajó a cuestiones más prosaicas y señaló que, con referencia al salario, no podÃa prometer una suma especÃfica hasta no haber comprobado las habilidades de Nell y haberla observado en el desempeño de sus obligaciones. Pero que se comprometÃa a asegurarles pensión completa, tanto para ella como para el abuelo, y además les daba su palabra de que la comida serÃa siempre de buena calidad y abundante.
Nell y su abuelo se consultaron. Mientras tanto, la señora Jarley paseaba con las manos a la espalda de un lado a otro de la caravana, igual que hiciera sobre la hierba, con inusual dignidad y alta estima de sà misma. Este particular es digno de mención, ya que la caravana iba dando tumbos y ninguna otra persona con parecida majestad natural y gracia adquirida habrÃa podido mantenerse tan recta sin tambalearse.
—Bien, pequeña, ¿qué contestas? —preguntó la señora Jarley elevando la voz y dejando de pasearse al ver que Nell se habÃa vuelto hacia ella.
—Le estamos muy agradecidos, señora —contestó Nell—, y aceptamos con mucho gusto su ofrecimiento.
—Algo que nunca lamentarás —repuso la señora Jarley—. Estoy segurÃsima de eso. Bueno, y ahora, concluido este asunto, cenemos un poco.