La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Si desean realmente encontrar un empleó —dijo—, habrÃa también trabajo para usted: ayudando a quitar el polvo a las figuras, cobrando las entradas, etcétera. Para lo que yo quiero a su nieta es para enseñar las figuras al público. AprenderÃa muy pronto. Ciertamente, irá detrás de mÃ, pero tiene un carácter que a la gente no le desagradarÃa. Siempre las he mostrado yo sola a los visitantes, y deberÃa seguir haciéndolo; pero el cuerpo me pide ya más reposo. No es una oferta que se haga todos los dÃas, téngalo en cuenta —subrayó elevando el tono, con la inflexión con que solÃa dirigirse a los espectadores—. Son las figuras de cera Jarley, recuerde. El cometido es muy sencillo y muy agradable, el público es particularmente selecto y la muestra tiene lugar en salones de actos, ayuntamientos, grandes albergues o en salas de subasta. Con Jarley se acabaron los vagabundeos al aire libre, recuérdelo; y ya no habrá entoldados ni serrÃn ni nada de eso. Todo lo prometido en los folletos se cumple al pie de la letra, y todas las figuras componen la colección más brillante jamás expuesta en este reino. Recuerde que el precio de la entrada es de sólo seis peniques y que esta oportunidad tal vez no se le presente nunca más.