La tienda de antiguedades

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Al recordar los ronquidos provenientes del compartimento donde la propietaria del museo de cera había pasado la noche, Nell pensó que tal vez había soñado que estaba despierta. Pero le dijo que sentía mucho oír eso sobre su estado de salud y se sentó a desayunar con ella y su abuelo. Terminada la colación, ayudó a lavar las tazas y los platos y a colocarlos en su sitio; realizadas estas tareas domésticas, la señora Jarley se puso un chal muy elegante, pues quería pasear por las calles de la ciudad.

—La caravana seguirá detrás, con las cajas —explicó la señora Jarley a Nell—. Mejor tú te quedas aquí, pequeña. Yo estoy obligada a pasear, muy a mi pesar; la gente espera eso de mí, y las personas públicas no son sus propios amos en asuntos de esta índole. ¿Qué aspecto tengo, pequeña?

Nell dio una respuesta satisfactoria a la señora Jarley, la cual, tras prender numerosos alfileres en distintas partes de su figura, y tras varios intentos fallidos por verse la espalda entera, se declaró finalmente satisfecha de su aspecto y se alejó con paso majestuoso.




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