La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La señora Jarley no tardó en expresar su admiración por el feliz resultado y llevó a su joven amiga y aprendiza a inspeccionar el resto del ordenamiento interno, en virtud del cual el pasillo se había convertido en una especie de galería verde decorada con una inscripción que ella ya había visto (obra del señor Slum) y se había colocado en la misma entrada una mesa muy adornada que estaría presidida por la señora Jarley, donde esta se encargaría de cobrar la entrada en compañía de Su Majestad el rey Jorge III, el payaso Grimaldi, la reina María de Escocia, un anónimo caballero de confesión cuáquera y el señor Pitt, que sostenía una impecable copia del proyecto de ley sobre la tasa a las ventanas. También se cuidaron los preparativos de la entrada: una monja muy atractiva recitaba el rosario en el pequeño pórtico junto a la puerta y un bandido de pelo negrísimo y tez clarísima se paseaba por la ciudad a bordo de un carruaje con el retrato de una dama en la mano.