La tienda de antiguedades

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CAPÍTULO VEINTINUEVE

Incuestionablemente, la señora Jarley tenía un carácter inventivo. Entre sus diversos métodos para atraer visitantes, no se olvidó de la pequeña Nell. La carreta en la que el bandolero daba sus paseos fue decorada con banderas y gallardetes, con el bandolero dentro contemplando la miniatura de su amada, y Nell sentada a su lado, adornada con flores artificiales. Y de este ceremonioso modo, acompañada de un tambor y una trompeta, recorría la ciudad todas las mañanas repartiendo los volatines que llevaba en una cesta. La belleza de la niña, unida a su gentil y delicado porte, produjo una gran sensación en aquella ciudad de provincias. El bandolero, hasta entonces fuente de exclusivo interés, pasó a un segundo plano, mero sucedáneo de un espectáculo del que ella constituía la principal atracción. Los adultos empezaron a interesarse por aquella joven de ojos brillantes, y algunos mozos se enamoraron perdidamente y, cuando salía del museo de cera, le lanzaban a los pies envoltorios llenos de nueces y manzanas con una nota redactada en perfecta caligrafía.




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