La tienda de antiguedades

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Por su, parte, los otros tres —truhanes y tahúres de oficio— parecían fríos y tranquilos, absortos en el juego, como si todas las virtudes se hubieran dado cita en sus pechos. A veces, uno alzaba la vista para sonreír a otro, o mirar la débil vela, o ver un relámpago refulgir a través de la ventana abierta y de la cortina ondeante, o para escuchar algún trueno especialmente fuerte con momentánea impaciencia, como si lo hubiera descentrado. Pero allí seguían, perfectamente indiferentes a todo menos a sus cartas, filósofos en apariencia, con la misma ausencia de pasión y excitación que si estuvieran esculpidos en piedra.

La tormenta rugió furiosamente durante tres horas enteras. Después, los relámpagos se volvieron más débiles y menos frecuentes. Los truenos, que habían retumbado y estallado sobre sus cabezas, se fueron alejando paulatinamente hasta una hosca distancia. Pero el juego proseguía, con la angustiada niña olvidada en un rincón.






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