La tienda de antiguedades

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—Pero ¿no te queda nada más, Nell? —preguntó el anciano—. ¿No te queda más en ninguna parte? ¿Te lo han quitado todo, hasta el último penique, y ya no te queda nada?

—Nada —respondió la niña.

—Tenemos que conseguir más —porfió el anciano—. Tenemos que ganarlo, Nell, atesorarlo, amontonarlo, conseguirlo de alguna manera. No te preocupe esta pérdida. No le hables a nadie de esto, y tal vez podamos recuperarlo. No me preguntes cómo. Podremos volver a tenerlo, y mucho más. Pero no se lo digas a nadie; nos podría traer mala suerte. Así que alguien se lo ha llevado de tu cuarto mientras estabas dormida —agregó en tono compasivo, muy distinto al tono reservado, astuto con el que le había hablado antes—. ¡Pobre Nell, pobrecita Nell!

La niña bajó la cabeza y se echó a llorar. El tono afable con el que le había hablado era completamente sincero; estaba segura de ello. La afligía especialmente saber que todo lo había hecho por ella.

—Ni una palabra a nadie más que a mí —insistió el anciano—. Bueno, y ni siquiera a mí —agregó rápidamente—, pues puede traer mala suerte. Ninguna pérdida puede ser nunca digna de tus lágrimas, cariño. Además, vamos a recuperar todo el dinero.


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