La tienda de antiguedades

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Finalmente, el día hizo palidecer el cabo de la vela, y cayó dormida. Al poco, fue despertada por la joven sirvienta que la había conducido a su cuarto, se vistió y bajó para reunirse con su abuelo. Pero antes comprobó su dinero y vio que había desaparecido. ¡No le quedaba ni un penique! Como el anciano ya estaba listo, a los pocos segundos se pusieron en camino. A la niña le pareció que rehuía su mirada, como temiendo que fuera a hablarle del dinero desaparecido. Creyó que debía contárselo para que no sospechara la verdad.

—Abuelo —empezó con voz trémula cuando ya habían caminado alrededor de un kilómetro y medio—, ¿cree que los de esa casa eran gente honrada?

—¿Por qué? —preguntó a su vez el anciano, temblando—. ¿Que si los creo honrados? Sí, jugaron limpio.

—Le diré por qué se lo pregunto —abundó Nell—. Anoche perdí algún dinero, fuera de mi cuarto, seguro. A no ser, abuelo, que alguien me lo cogiera en broma, sólo en broma; me produciría mucha risa si me enterara…

—¿Quién iba a coger dinero en broma? —repuso el anciano algo azorado—. Quien coge dinero lo hace para quedárselo. No me hables de bromas.

—Entonces, me lo han robado de mi cuarto, abuelito —expresó la niña, cuya última esperanza había quedado rota por su respuesta.


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