La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Profundamente dormido. Ni rastro de pasión en la cara ni de avaricia ni de ansiedad, ni de ningún deseo salvaje; un semblante amable, sosegado, en perfecta paz. Este no era el jugador ni la sombra que habÃa entrado en su habitación; no era tampoco el hombre agotado y abatido cuya cara habÃa visto tan a menudo a la grisácea luz de la mañana. Era su querido viejo amigo, su inofensivo compañero de fatigas, su bueno y amable abuelo.
No le daba miedo contemplar sus rasgos dormidos, pero sentÃa una gran pesadumbre, que encontró alivio en las lágrimas.
—¡Que Dios lo bendiga! —exclamó, inclinándose ligeramente para besar su plácida mejilla—. Veo ahora con bastante claridad que nos separarÃan sin miramientos si nos descubrieran, y a él lo privarÃan de la luz del sol y del cielo; no tiene a nadie más que a mà que lo pueda ayudar. ¡Que Dios nos bendiga a los dos!
Encendió la vela y volvió tan silenciosamente como habÃa salido. Ya en su cuarto, permaneció sentada el resto de aquella noche tan larga y aborrecible.