La tienda de antiguedades

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Era un terror vago, incierto. Nell no tenía miedo de su querido abuelo, que había contraído aquella enfermedad mental por amor a ella. Pero el hombre al que había visto aquella noche obsesionado por un juego de azar, que había entrado a hurtadillas en su cuarto y había contado el dinero iluminado por una trémula luz, parecía otro ser, la monstruosa distorsión de su imagen, un ser evitable y temible porque era igual que su abuelo y estaba con ella. Apenas podía relacionar a su afectuoso compañero con este anciano, tan parecido y tan distinto. Había llorado antes al verlo tan indolente y silencioso. ¡Cuánto más motivo no tenía ahora para llorar!

Siguió pensando en aquellas cosas hasta que el fantasma se volvió en su mente tan tremebundo y terrorífico que creyó que sería un alivio oír la voz del anciano o, si estaba dormido, simplemente contemplarlo y espantar así los terrores asociados a su imagen. Bajó sigilosamente las escaleras y enfiló el pasillo de nuevo. La puerta seguía entreabierta, tal y como la había dejado, y la vela todavía ardía.

Con su propia vela en una mano, iba dispuesta a decirle, si lo encontraba despierto, que estaba nerviosa y no podía dormir, y que había venido a ver si la vela seguía encendida. Asomó la cabeza, lo vio acostado tranquilamente en la cama y se armó de valor para entrar.


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