La tienda de antiguedades

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Como aquella misión revestía una importancia excepcional, la señora Jarley ajustó el sombrero de Nell con sus propias manos y, tras declarar que estaba muy guapa y hacía honor al museo, la despidió con muchas recomendaciones y las indicaciones necesarias sobre dónde debía torcer a la derecha y dónde no debía torcer a la izquierda. Nell no tuvo, así, ninguna dificultad en dar con el pensionado, que era una casa grande, con una tapia muy alta y, junto a la gran puerta del jardín, una placa metálica y un enrejado a través del cual la portera de la señorita Monflathers inspeccionaba a los visitantes antes de dejarles entrar; pues ningún hombre —no, ni siquiera el lechero— podía, sin una autorización especial, franquear aquella puerta. Incluso al recaudador de contribuciones, que era un hombre gordo, con gafas y sombrero de ala ancha, se le entregaba el dinero a través del enrejado. La puerta de la señorita Monflathers, más dura que una puerta de diamante o de metal, miraba ceñudamente a toda la humanidad. El propio carnicero la consideraba una puerta misteriosa, y dejaba de silbar cuando pulsaba el timbre.






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