La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Al acercarse Nell a la temible puerta, esta giró despacio sobre sus goznes con un ligero chirrido. Del fondo de una bien cuidada avenida de árboles venía una larga fila de jóvenes damas, de dos en dos, todas con libros abiertos en la mano y algunas provistas también de parasoles. Al final de la solemne procesión venía la señorita Monflathers llevando asimismo un parasol de seda color lila y escoltada por dos profesoras sonrientes, cada una mortalmente envidiosa de la otra y ambas atentísimas a la señorita Monflathers.
Confundida por las miradas y los susurros de las alumnas, Nell bajó los ojos y dejó pasar la procesión hasta que se acercó la señorita Monflathers. Tras hacerle una reverencia, le presentó el paquetito, a la recepción del cual la señorita Monflathers ordenó detenerse a la fila.
—Tú eres la del museo de cera, ¿no? —preguntó la señorita Monflathers.
—Sí, señora —contestó Nell, ruborizándose en extremo, pues las alumnas se habían congregado a su alrededor y ella era ahora el centro de todas las miradas.