La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿A ti no te parece que tiene, que ser indecorosa —espetó la señorita Monflathers, que tenÃa un carácter algo agrio y no perdÃa ninguna oportunidad para inculcar verdades morales a las tiernas mentes de sus alumnas— cualquier jovencita que trabaje en un museo de figuras de cera?
La pobre Nell, que no veÃa su trabajo bajo aquella luz, no sabiendo qué contestar, permaneció en silencio y se ruborizó más aún, si ello fuera posible.
—¿No sabes acaso —prosiguió la señorita Monflathers— que la tuya es una ocupación indecorosa y poco femenina, que repugna a las cualidades que nos han sido sabia y benignamente legadas, cuyos poderes expansivos deben suscitarse mediante el condigno cultivo?
Las dos profesoras murmuraron en respetuosa aprobación por aquel ataque directo y miraron a Nell como para hacerle ver la importancia de lo que la señorita Monflathers acababa de decirle. A continuación sonrieron y observaron a la señorita Monflathers; después, sus ojos se encontraron e intercambiaron unas miradas que decÃan claramente que cada cual se consideraba la más autorizada para sonreÃr a la señorita Monflathers y que, si la otra lo hacÃa, cometÃa pecado de lesa presunción e insolencia.