La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿No ves lo indecoroso que es por tu parte —reanudó la señorita Monflathers— trabajar con figuras de cera cuando podrÃas sentirte orgullosa de ayudar, en la medida de tus capacidades infantiles, a las manufacturas de tu paÃs, de mejorar tu mente con la constante contemplación de la máquina de vapor y de tener un confortable e independiente medio de subsistencia, desde dos chelines y nueve peniques hasta tres chelines a la semana? ¿No sabes que cuanto más duro trabaja uno, más feliz es?
—Como hace la abejita… —murmuró una de las profesoras, citando al doctor Watts[6].
—¿Eh? —dijo la señorita Monflathers, volviéndose rápidamente—. ¿Quién ha dicho eso?
Por supuesto, la profesora que no lo habÃa dicho señaló a la rival que lo habÃa dicho, a la que la señorita Monflathers pidió ceñudamente que se mantuviera callada, provocando con esto en la profesora informante un rapto de alegrÃa.