La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Un impulso! —remedó la señorita Monflathers con retintÃn—. Me maravilla que usted se atreva a hablarme a mà de impulsos —las dos profesoras asintieron—. Me asombra sobremanera —ambas profesoras se asombraron sobremanera—. Supongo que es un impulso que la induce a tomar partido por cuanta persona rastrera y degradada se cruza en su camino —ambas profesoras suponÃan lo mismo—. Pero deberÃa hacerle saber, señorita Edwards —volvió a la carga la directora con un tono de creciente severidad—, que a usted no se le puede permitir, aunque sólo sea para ejemplo y decoro de esta institución, que a usted no se le puede permitir, y no se le va a permitir, faltar a sus superiores de esta manera tan acusadamente grosera. Si usted no tiene motivos para sentir digno orgullo ante la empleada de un museo de cera, hay aquà jóvenes damas que sà los tienen, y usted debe o bien mostrar deferencia para con estas jóvenes damas o bien abandonar la institución, señorita Edwards.