La tienda de antiguedades

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En efecto, las lágrimas habían acudido a sus ojos; al sacarse el pañuelo para enjugárselas, se le cayó al suelo. Antes de poder recogerlo, una alumna de unos quince o dieciséis años, que estaba un poco apartada del grupo, como excluida del mismo, se agachó y se lo dio en la mano. Cuando se estaba retirando tímidamente, se vio frenada por la directora.

—Ha sido la señorita Edwards quien ha hecho eso, lo sé perfectamente —afirmó la señorita Monflathers hablando como un oráculo—. Estoy segura de que ha sido la señorita Edwards.

Había sido la señorita Edwards, y todo el mundo dijo que era la señorita Edwards, y la propia señorita Edwards reconoció que había sido ella.

—Señorita Edwards, ¿no resulta particularmente extraño —profirió la señorita Monflathers, bajando el parasol para tener una visión más severa de la infractora— que usted sienta hacia las clases inferiores un apego especial, que siempre la lleva a ponerse de su lado? O, expuesto más claramente, ¿no es sumamente extraordinario que nada de lo que yo digo y hago la enajene de propensiones que su condición original en la vida ha tornado desgraciadamente habituales en usted, una joven de espíritu tan notoriamente vulgar?

—No pretendía hacer daño a nadie, señorita —expresó una voz dulce—. Ha sido un impulso momentáneo, se lo aseguro.


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