La tienda de antiguedades

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Era su hermanita —mucho más joven que Nell—, a la que no veía (como se supo después) desde hacía cinco años. Para que pudiera venir había estado ahorrando todo aquel tiempo. Nell sintió que se le partía el corazón al verlas juntas. Se apartaron un poco del corrillo de gente que se había formado en torno a la diligencia y se fundieron en un largo abrazo, sin dejar de sollozar y llorar de alegría. La sencilla manera en que iban vestidas, el largo viaje que la pequeña había hecho sola, su agitación y felicidad y las lágrimas vertidas contaban su propia historia.

Después, recuperaron un poco la compostura y se alejaron cogidas de la mano; no, estrechamente agarradas.

—¿Eres feliz, hermana? —preguntó la pequeña cuando pasaron junto a Nell.

—Muy feliz ahora, sí —contestó.

—¿Y antes? —preguntó de nuevo—. Ay, hermanita, ¿por qué vuelves la cara?

Nell se sintió impelida a seguirlas a poca distancia. Iban a la casa de una vieja nodriza, donde la hermana mayor había alquilado una habitación para la pequeña.

—Vendré a verte todas las mañanas temprano —le aseguró la primera— y podremos pasar juntas todo el día.

—¿Por qué no la noche también, hermanita? ¿Se van a enfadar por eso?


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