La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Nada más natural que, en medio de tanta aflicción, su pensamiento volviera a menudo a aquella dulce alumna de la que sólo habÃa captado una mirada rápida, pero cuya simpatÃa, expresada en un breve gesto, pervivÃa en su recuerdo de manera indeleble. Pensaba a menudo que, si hubiera tenido una amiga como aquella para contarle sus penas, cuán más ligero no tendrÃa ahora el corazón, y cuán más feliz no serÃa si pudiera volver a oÃr aquella voz… Luego pensó que, si tuviera una posición más acomodada, si no fuera tan pobre y humilde, tal vez se atreverÃa a dirigirse a ella sin miedo a ser rechazada; y entonces sentÃa que se interponÃa una distancia inconmensurable entre las dos y perdÃa la esperanza de que la joven pudiera pensar en ella alguna vez.
Como era la época de vacaciones, las alumnas de la escuela se habÃan marchado a casa. Nell oyó decir que la señorita Monflathers deslumbraba en Londres y hacÃa estragos en los corazones de los caballeros de mediana edad; pero nadie decÃa nada de la señorita Edwards: si se habÃa ido a casa —en caso de que tuviera alguna adonde ir—, si estaba todavÃa en la escuela, o cualquier otra noticia. Sin embargo, una tarde, cuando Nell volvÃa de su paseo solitario, pasó por delante del albergue donde se detenÃan las diligencias y justo en aquel momento se detuvo una; y allà estaba la bella y joven alumna que tan bien recordaba, corriendo a abrazar a una niña a la que estaban ayudando a bajar de la imperial.