La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡ConsÃgueme dinero! —le instó bruscamente mientras se despedÃa para ir a descansar—. Tengo que conseguir dinero, Nell. Se te retribuirá un dÃa con el condigno interés; pero todo el dinero que caiga en tus manos debes dármelo. No es un dinero para mÃ, sino para invertirlo en ti. Recuérdalo, Nell, ¡para invertirlo en ti!
Sabiendo lo que sabÃa, ¿qué podÃa hacer la niña sino darle hasta el último penique que caÃa en sus manos para evitar asà que se viera tentado a robárselo a su benefactora? Si contaba la verdad (pensaba la niña), su abuelo serÃa tratado como un loco; si no le daba el dinero, se lo procurarÃa por su cuenta, y si se lo daba estarÃa alimentando en él el fuego que lo quemaba y estarÃa impidiendo tal vez su recuperación. Enfrascada en estos pensamientos, aplastada por el peso de la tristeza que no se atrevÃa a confesar, torturada por una terrible aprensión siempre que el anciano se ausentaba y temiendo por igual tanto que se quedara como que se ausentara, sus mejillas se quedaron sin color, sus ojos perdieron brillo y su corazón cayó en el más profundo desconsuelo. Todas sus angustias volvieron de nuevo, aumentadas por nuevos temores y dudas: de dÃa, le roÃan el alma; de noche, sobrevolaban la almohada y la atormentaban en sueños.