La tienda de antiguedades

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—¿Cuál de las dos ocupa mejor posición —preguntó la señora Jarley—, ella o yo? Después de todo, es pura palabrería eso de que le gustaría verme con un cepo. Vamos a ver, ¿por qué no podría decir yo lo mismo de ella, pero riéndome más? ¡Señor, Señor, qué importancia tiene después de todo!

Alcanzada esta conclusión tan cómoda (para lo cual se vio eficazmente asistida por ciertas observaciones interjectivas del filosófico George), la señora Jarley consoló a Nell con palabras amables y le pidió, como favor personal, que cuando pensara en la señorita Monflathers procurara reírse durante el resto de su vida.

Fue así como concluyó la ira de la señora Jarley, mucho antes de que se pusiera el sol. La angustia de Nell, empero, era de mayor calado, y los nubarrones que se cernían sobre su alegría no se podían ahuyentar tan fácilmente.

Aquella noche, como había temido, su abuelo se escabulló y no volvió hasta muy tarde. Exhausta como estaba, cansada en mente y cuerpo, se sentó en un rincón a contar los minutos hasta que volviera; y volvió, pelado y hastiado, pero enfebrecido todavía por la pasión que lo dominaba.


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