La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades La ira de la señora Jarley al oír el relato de Nell sobre el cepo y la sábana fue indescriptible. ¡La auténtica e irrepetible Jarley expuesta al oprobio público, convertida en el hazmerreír de niños y alguaciles! ¡La delicia de la grande y pequeña nobleza despojada de un sombrero que cualquier señora alcaldesa suspiraba por llevar y cubierta con una sábana blanca para su mortificación y humillación! ¡Cómo se había atrevido esa Monflathers a conjurar imágenes tan degradantes!
—Cuando pienso en ello —expresó la señora Jarley rebosando ira, pero sin medios de venganza suficientes—, casi me entran ganas de hacerme atea.
Pero, en vez de optar por este tipo de venganza, la señora Jarley lo pensó mejor y, sacando la botella sospechosa, pidió que pusieran varios vasos encima de su tambor favorito, se sentó en una silla detrás de él, llamó a sus satélites y les fue relatando, palabra por palabra, las afrentas de las que había sido objeto. Al terminar, les pidió con un tono patético que bebieran. A continuación rió, lloró, echó un traguito, lloró de nuevo, tomó otro poquito más; y así, paulatinamente, la digna dama fue incrementando las sonrisas y disminuyendo las lágrimas hasta que, al final, ya no podía reírse más de la señorita Monflathers, la cual, sin dejar de resultarle odiosa, le parecía ahora el personaje más triste y ridículo del mundo.
