La tienda de antiguedades

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Con el alegre resplandor de la mañana, pero más aún a la suave luz del atardecer, Nell, con el respeto que le imponía la breve y feliz unión de las dos hermanas, lo que le impedía acercarse para expresarles una palabra de agradecimiento, aunque ansiaba hacerlo, las seguía a distancia en sus paseos y excursiones, se detenía cuando ellas se detenían, se sentaba en la hierba cuando ellas se sentaban, se levantaba cuando ellas proseguían su camino y sentía una gran alegría por estar tan cerca de ellas. El paseo vespertino lo hacían a la orilla del río. Nell acudía también todas las noches sin que ellas la vieran ni sospecharan que estaba allí, pero ya las consideraba amigas, como si las tres compartieran las mismas confidencias —y la pesadumbre que la embargaba desapareciera por unos momentos— e intercambiaran sus penas hallando en ello consuelo recíproco. Era sólo una fantasía tal vez, la fantasía infantil de una criatura joven y solitaria; pero, noche tras noche, las hermanas acudían al mismo lugar y ella las seguía con el ánimo aliviado.







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