La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Cuando Dick hubo mirado tanto tiempo que ya no veía nada, apartó los ojos del bello objeto de su asombro, pasó las hojas del borrador que iba a copiar, mojó la pluma en el tintero y, por fin, y tras lentas intentonas, empezó a escribir. Pero no había escrito ni media docena de palabras cuando alargó la mano hacia al tintero para mojar de nuevo la pluma y levantó los ojos: allí seguía el intolerable tocado marrón, el sayal verde; allí estaba, en una palabra, la señorita Sally Brass, ataviada con todos sus encantos y más tremenda que nunca.
Esto ocurrió tantas veces que el señor Swiveller empezó a sentir gradualmente que un extraño influjo se apoderaba de él, un deseo terrible de aniquilar a Sally Brass, un impulso misterioso de quitarle el paño de la cabeza y ver qué aspecto tenía sin él. Había una regla muy grande en la mesa; una regla grande, negra, brillante. El señor Swiveller la cogió y empezó a rascarse la nariz con ella.