La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Como la señorita Brass estuvo todo este tiempo enfrascada en la relación de gastos, no reparó en absoluto en Dick, sino que siguió garabateando con pluma firme, trazando los caracteres con evidente delicia y trabajando como una máquina de vapor. Allí estaba Dick, mirando alternativamente al sayal verde, al tocado marrón de la cabeza, a la cara, a la pluma veloz, en un estado de estúpida perplejidad, preguntándose cómo había acabado en compañía de aquel monstruo tan extraño y si era un sueño del que fuera a despertar alguna vez. Al final exhaló un profundo suspiro y, muy despacio, empezó a quitarse el sobretodo.
El señor Swiveller plegó el sobretodo ceremoniosamente sin dejar de mirar a la señorita Sally; luego se puso una chaqueta azul con doble fila de botones dorados, que originalmente le había servido para expediciones acuáticas y que se había traído aquella mañana para el eventual trabajo de oficina; y, sin quitarle el ojo a la señorita Sally, se dejó caer en la silla del señor Brass. Pero entonces sufrió una recaída en el desaliento y, reposando la barbilla en la mamo, abrió tanto los ojos que pareció imposible que pudiera cerrarlos en el resto de su vida.