La tienda de antiguedades

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—¿Que si puedo dedicarle algún tiempo paseando con usted, señor? Está bromeando, señor, está bromeando conmigo —profirió el abogado, poniéndose el sombrero—. Estoy listo, señor, completamente listo. Extremadamente atareado debería estar yo si no tuviera tiempo para caminar con usted. Señor, no todo el mundo tiene la oportunidad de mejorarse a sí mismo conversando con el señor Quilp.

El enano miró sarcásticamente a su parlanchín amigo, tosió levemente y se volvió para decir adiós a la señorita Sally. Después de una despedida muy galante, correspondida por otra muy fría y masculina por parte de ella, saludó con la cabeza a Dick Swiveller y se retiró con el abogado.

Dick, sentado a la mesa del despacho, se hallaba en un estado de completa estupefacción: contemplaba fijamente a la bella Sally como si fuera un animal curioso, único en su especie. Cuando el enano ya estaba en la calle, se subió al alféizar de la ventana y miró el interior del despacho con una mueca, como quien mira el interior de una jaula. Sally lo miró a su vez, pero sin dar muestras de reconocerlo. Y, mucho después de que Quilp hubiera desaparecido, Dick seguía contemplando fijamente a la señorita Sally Brass, sin pensar en ninguna otra cosa, sin moverse de su sitio.


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