La tienda de antiguedades

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—En compañía de la señorita Sally —prosiguió Quilp— y de las bellas ficciones del Derecho, los días del señor Swiveller pasarán como minutos. Las encantadoras creaciones de los poetas John el Demandante y Richard el Demandado[10], cuando le abran sus primeras auroras, le abrirán al mismo tiempo un mundo nuevo que propiciará el ensanchamiento de su mente y la mejora de su corazón.

—¡Oh, qué bonito, sublime incluso! —exclamó Brass—. Un auténtico regalo para los oídos.

—¿Dónde se sentará el señor Swiveller? —preguntó Quilp, observando el mobiliario de la habitación.

—¿Que dónde? Bueno, compraremos otra silla —contestó Brass—. Señor, no habíamos pensado tener a un caballero con nosotros hasta que usted tuvo la amabilidad de sugerirlo. Como ve, nuestro despacho no es muy amplio. Buscaremos una silla de segunda mano, señor. Entretanto, si el señor Swiveller quiere ocupar mi asiento, y probar su mano haciendo una bonita copia de esta acta de expropiación… Voy a estar fuera toda la mañana.

—Vámonos juntos —sugirió Quilp—. Tengo un par de cosas que decirle sobre un asunto pendiente. ¿Puede dedicarme algún tiempo?


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