La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Quilp me ofrece este puesto y dice que me lo puede asegurar —volvió Dick a musitar tras un silencio reflexivo para a continuación enumerar con los dedos, una a una, las circunstancias de su posición—. Fred, quien, jurarÃa yo, no habrÃa querido ni oÃr hablar de semejante cosa, respalda a Quilp, para mi gran asombro, y me insta a aceptar el puesto: ¡bofetada número uno! Mi tÃa, desde la provincia, me corta los suministros y me escribe una nota afectuosa diciendo que ha hecho un nuevo testamento y que me deshereda: ¡bofetada número dos! Nada de dinero ni de crédito ni de apoyo por parte de Fred, que parece haberse vuelto muy serio de repente. Notificación para abandonar el viejo piso: ¡bofetadas número tres, cuatro, cinco y seis! Bajo semejante acumulación de bofetadas, nadie puede considerarse un ser libre. Nadie se pone a sà mismo una zancadilla. Si tu destino te la pone, es el destino el que debe levantarte del suelo. Yo estoy contento de que el mÃo se haya puesto en esta situación; nada me importará y haré todo lo que pueda para despreciarlo. Asà que sigue asÃ, bellaco —expresó el señor Swiveller, despidiéndose del hecho con un asentimiento significativo—, ¡y ya veremos quién de los dos se cansa antes!