La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Para alcanzar dicho estado de serenidad y dominio de sí mismo, acometió un examen minucioso del despacho, ahora que tenía tiempo. Registró la caja de pelucas, consultó los libros y manipuló el tintero; desató e inspeccionó todos los papeles; grabó unas cuantas siglas en la mesa con la hoja afilada del cortaplumas del señor Brass y escribió su nombre en el interior del carbonero de madera. Tras tomar posesión formal, por así decir, de su escribanía en virtud de dichos procedimientos, abrió la ventana y permaneció asomado indolentemente hasta que vio pasar a un repartidor de cerveza, a quien pidió que dejara la bandeja y le sirviera una pinta de porter suave, que bebió y pagó en el acto, con la vista puesta en allanar el camino para un sistema de crédito futuro y sentar las bases para tal fin sin pérdida de tiempo. Después atendió a tres o cuatro niños que traían recados de tres o cuatro colegas de Brass, a los que despachó con una pose más profesional y un entendimiento más correcto y cabal del oficio que el que habría mostrado un payaso que se hubiera visto en circunstancias similares. Hechas y concluidas estas cosas, volvió a sentarse en la silla y se puso a dibujar varias caricaturas de la señorita Brass con pluma y tinta, silbando jovialmente todo el tiempo.