La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Mientras se ocupaba de esta divertida tarea, se detuvo un carruaje junto a la entrada, y justo después llamaron con fuerza dos veces a la puerta. Como aquel no era su negocio, y la persona no había tocado el timbre del bufete, el señor Swiveller prosiguió su diversión con perfecto aplomo, pese a estar convencido de que no había nadie más que él en la casa.
Sin embargo, estaba equivocado. En efecto, después de repetirse los golpes con una impaciencia cada vez mayor, la puerta se abrió y alguien con andares muy pesados subió las escaleras y entró en la habitación de la planta de arriba. El señor Swiveller se preguntó si no se trataría de otra señorita Brass, gemela de la dragona, y salió de dudas al oír unos golpes con los nudillos en la puerta del despacho.
—¡Adelante! ¡No se ande con rodeos! El trabajo me va a desbordar como haya muchos clientes. ¡Adelante!
—¡Por favor, señor! —se oyó una tímida vocecita en el vestíbulo—. ¿Le importaría venir a enseñar la habitación?
Dick se inclinó sobre la mesa y divisó a una niñita desaliñada con delantal y babero sucios, que no dejaban ver de ella nada más que la cara y los pies. Para el caso, habría podido ir vestida con el estuche de un violín.
—¿Eh?, ¿quién eres? —preguntó Dick.