La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Pero la única respuesta fue:
—Por favor, señor, ¿quiere venir a enseñar la habitación?
Nunca habÃa visto a una niña cuyo aspecto y modales se parecieran tanto a los de un adulto. DebÃa de llevar trabajando desde la cuna. ParecÃa tan intimidada delante de Dick que este no supo cómo reaccionar.
—Yo no tengo nada que ver con esa habitación —se explicó Dick—. DÃgale que vuelva más tarde.
—Por favor, ¿quiere venir a enseñar la habitación? —reiteró la niña—. Son dieciocho chelines la semana, poniendo nosotros vajilla y sábanas. La limpieza del calzado y de la ropa se paga aparte, y la chimenea durante el invierno son ocho peniques al dÃa.
—¿Por qué no se la enseñas tú? Pareces bastante enterada —sugirió Dick.
—La señorita Sally dijo que no lo hiciera, pues la gente puede pensar que el servicio no es bueno si ve lo pequeña que soy.
—Bueno, la gente acabará viendo lo pequeña que eres, ¿no? —expresó Dick.
—Ya, pero para entonces la habitación ya llevará dos semanas alquilada —repuso la niña con mirada pÃcara—. Y a la gente no le gusta mudarse otra vez después de haberse instalado.