La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Qué extraño es todo esto! —musitó Dick, levantándose—. ¿Quién se supone que eres tú, la cocinera?
—Bueno, cocino cosas sencillas —contestó la niña—. Soy también la criada. Hago todo el trabajo de la casa.
«Supongo que Brass, la dragona y yo somos la parte más sucia de la casa», pensó Dick. Y podrÃa haber reflexionado sobre muchas más cosas, dado su estado de ánimo dubitativo y vacilante, de no ser porque la niña volvió a insistirle y porque ciertos golpetazos misteriosos en el pasillo y escaleras daban sobrada fe de la impaciencia del aspirante a inquilino. Asà pues, Richard Swiveller se acomodó una pluma detrás de la oreja y otra en la boca, como muestra de prestancia y celo por la profesión, y salió deprisa para atender al caballero soltero.