La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Se llevó una gran sorpresa al constatar que los golpetazos se debÃan al baúl que el caballero soltero empujaba hacia arriba, baúl que, al ser casi dos veces tan ancho como la escalera, y muy pesado, exigÃa un esfuerzo supremo por parte del caballero soltero y del cochero juntos. Pero allà estaban, aplastándose el uno al otro y empujando y tirando con todas sus fuerzas, para conseguir que el baúl subiera por los ángulos más imposibles. Como el señor Swiveller no podÃa pasar por delante de ellos, los siguió despacio, echando pestes en cada escalón contra semejante manera de allanar la casa del señor Sampson Brass.
El caballero soltero no hizo caso de estas protestas y, una vez depositado el baúl en el dormitorio, se sentó encima y se secó con el pañuelo el sudor de la calva y la cara. Estaba sudando, y con razón, pues, aparte del esfuerzo de subir el baúl por las escaleras, iba forrado con ropa de invierno, pese a que el termómetro habÃa marcado todo el dÃa una temperatura elevada a la sombra.
—Me parece, caballero —expresó Richard Swiveller, quitándose la pluma de la boca—, que desea echar un vistazo a la habitación. Es encantadora, con una vista muy amplia a… la calle, y se encuentra a un minuto andando de… de la esquina. Hay cerveza muy cerca de aquÃ, asà como otras muchas amenidades.