La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El señor Swiveller no supo qué hacer al verse despachado por el caballero soltero de aquella manera y se lo quedó mirando casi con la misma intensidad con que había mirado a la señorita Sally. El caballero soltero, sin embargo, no pareció en modo alguno afectado por dicha circunstancia, sino que, con perfecta calma, se quitó la bufanda que le apretaba el cuello y, después, las botas. Liberado de estos estorbos, se despojó de las otras prendas, que fue plegando y metiendo luego en el baúl. Finalmente, bajó las persianas, corrió las cortinas, dio cuerda al reloj y, de manera pausada y metódica, se metió en la cama.
—Quite el letrero —fueron sus palabras de despedida, sacando la cabeza entre las cortinas— y que nadie me llame hasta que yo no haga sonar la campanilla.
Con esto, cerró las cortinas y empezó a roncar de inmediato.