La tienda de antiguedades

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Hubo tiempo suficiente para reparar en estos detalles, pues, además de que eran lo bastante obvios sin necesidad de una atenta observación, pasaron unos minutos antes de que nadie se decidiera a romper el silencio. La niña avanzó tímidamente hacia su hermano y lo cogió de la mano. El enano (si se nos permite llamarlo así) miraba atentamente a los presentes. Y el comerciante de antigüedades, que manifiestamente no esperaba a este zafio visitante, parecía desconcertado, violento.

—¡Caramba! —exclamó el enano, que con la mano extendida sobre los ojos no dejaba de vigilar al joven—. Este debe de ser su nieto, ¿no, vecino?

—Digamos más bien que no debería serlo —replicó el anciano—. Pero lo es.

—¿Y ese? —prosiguió el enano señalando a Dick Swiveller.

—Uno de sus amigos, tan bien recibido aquí como él —contestó el anciano.

—¿Y este? —inquirió de nuevo el enano, volviéndose y señalándome directamente.

—Un caballero que tuvo la amabilidad de traer aquí a Nell la otra noche cuando se extravió al volver de la casa de usted.

El homúnculo se volvió hacia la niña como para reprenderla o expresar asombro, pero al encontrarla departiendo con el joven se abstuvo de hacerlo e inclinó la cabeza para escuchar.


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