La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Ni aunque viviera mil años —encareció la señorita Sally.
Dicho lo cual, el hermano y la hermana esnifaron cada cual una pizca de rapé de la tabaquera y se sumieron en un estado de profunda reflexión.
No pasó nada más hasta la hora del almuerzo del señor Swiveller, que fue a las tres de la tarde, pero que a él le pareció que nunca llegaría. A la primera campanada, el nuevo escribano desapareció. A la última campanada de las cinco, reapareció, y el despacho se llenó, como por ensalmo, de una fragancia a ginebra y cáscara de limón.
—Señor Richard —profirió Brass—, ese hombre no se ha levantado todavía. Nada lo va a despertar. ¿Qué hemos de hacer?
—Yo lo dejaría dormir hasta que se harte —respondió Dick.
—¡Hasta que se harte… —repitió Brass—, si lleva ya veintiséis horas durmiendo! Hemos arrastrado todos los armarios habidos y por haber, hemos dado el doble de golpes en la puerta de la calle, hemos tirado a la criada por las escaleras varias veces (pesa poco y no se ha hecho demasiado daño), y nada lo ha despertado.
—Tal vez con una escalera de mano —sugirió Dick— se podría acceder por la ventana del primer piso…