La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Pero hay una puerta de por medio; además, ¡qué dirÃan los vecinos! —se opuso Brass.
—¿Qué me dice de subir al tejado de la casa por la trampilla y descender por la chimenea? —sugirió Dick.
—Esa serÃa una idea excelente si hubiera alguien… —opinó Brass mirando fijamente al señor Swiveller— lo bastante amable, entregado y generoso para llevar a cabo esa tarea. Seguro que la empresa no es tan desagradable como se puede suponer.
Dick habÃa hecho esta sugerencia pensando que su ejecución serÃa incumbencia de la señorita Sally. Como Dick no decÃa nada y no parecÃa darse por aludido, el señor Brass propuso que subieran todos a la planta de arriba e hicieran un último esfuerzo para despertar al inquilino por algún medio menos violento, y que sólo si esto fracasaba se recurrirÃa a medidas más contundentes. El señor Swiveller se mostró de acuerdo, cogió el taburete y la regla grande y se dirigió con el abogado a la escena de la acción, donde la señorita Brass ya estaba haciendo sonar una campanilla con todas sus fuerzas, sin producir, empero, el menor efecto en el misterioso huésped.
—¡Esas son sus botas, señor Richard! —señaló Brass.
—Tienen también el mismo aspecto obstinado —comentó Richard Swiveller.