La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades En efecto, allà habÃa un par de botas muy macizas, tan firmemente plantadas en el suelo como si las piernas de su propietario siguieran dentro; con sus suelas anchas y puntas romas, parecÃan haber tomado posesión del lugar que ocupaban mediante la fuerza bruta.
—No se divisa más que la cortina de la cama —informó Brass, mirando por el ojo de la cerradura—. ¿Es un tipo fuerte, señor Richard?
—Bastante —contestó este.
—SerÃa muy desafortunado verlo salir de repente, con cajas destempladas —expresó Brass—. Mantendremos despejada la escalera. Yo me enfrentarÃa a él, por supuesto; pero, como dueño de la casa, debo respetar las leyes de la buena hospitalidad. ¡Eh, oiga! ¿Hay alguien ahÃ? —vociferó.
