La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Mientras el señor Brass, con el ojo pegado a la cerradura, gritaba de esta manera a fin de llamar la atención del inquilino, y mientras la señorita Brass se desvivÃa tocando la campanilla, el señor Swiveller colocó el taburete junto a la puerta, se subió encima bien pegado a la pared —de modo que si el inquilino salÃa de improviso pasara por su lado sin verlo— e inició una endiablada batahola dando reglazos sobre los paneles superiores de la puerta. Cautivado por su propio ingenio y confiado en su posición prepotente, que habÃa copiado de los individuos forzudos que abren las puertas del patio de butacas y de tribuna de los teatros las noches muy concurridas, el señor Swiveller aporreó la puerta con tanto furor que el ruido de la campanilla quedó completamente ahogado, y la pequeña criada, que se habÃa acurrucado en un rincón de la escalera, lista para huir a la primera señal de alarma, se vio obligada a taparse los oÃdos para no quedarse sorda de por vida.
De repente, la puerta se abrió por dentro con violencia. La criada salió a refugiarse en la carbonera, la señorita Sally se encerró en su alcoba y el señor Brass, que no se distinguÃa por ser particularmente corajudo, salió corriendo hasta la esquina de la calle y, al ver que nadie lo habÃa seguido, armado como iba con un atizador u otro objeto contundente, se metió las manos en los bolsillos y volvió silbando como si tal cosa.