La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades Entretanto, el señor Swiveller, encaramado al taburete y siempre pegado a la pared, miraba, no sin preocupación, al caballero soltero, quien habÃa aparecido en la puerta gruñendo y maldiciendo de manera espantosa y, con las botas en la mano, parecÃa tener la intención de lanzarlas al tuntún escaleras abajo. Cosa que al final no hizo. Cuando volvÃa de nuevo a su habitación, profiriendo todavÃa gritos vengativos, sus ojos se cruzaron con los de Richard, que se mantenÃa en guardia.
—¿Es usted quien ha estado haciendo ese ruido tan espantoso? —preguntó el caballero soltero.
—He colaborado —respondió Dick sin quitarle el ojo y agitando la regla gentilmente en la mano derecha para indicar al caballero soltero lo que se podÃa esperar si hacÃa algún amago de violencia.
—¿Cómo se atreve? —espetó el inquilino—. ¿Eh?
A lo que Dick no dio ninguna respuesta; antes bien, preguntó al inquilino si consideraba acorde con la conducta y carácter de un caballero dormir veinticinco horas seguidas, y si la paz de una familia afable y virtuosa no pesaba nada en la balanza.
—¿Y no pesa nada mi paz? —preguntó el caballero soltero.