La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¿Y la paz de la familia? —replicó Dick—. No es mi estilo lanzar amenazas, caballero, pues la ley no permite amenazas, que contempla como delito; pero si alguna vez usted hace eso de nuevo, tenga cuidado de que, antes de despertar, el juez de instrucción no haya mandado que lo entierren en el cementerio más próximo. Caballero, nos ha distraÃdo de nuestras ocupaciones el temor a que usted pudiera haber muerto —prosiguió Dick mientras bajaba del taburete— y, sobre todo, no podemos permitir que un señor soltero alquile esta habitación y duerma en ella como dos caballeros, sin pagar también el doble.
—¡No me diga! —exclamó el inquilino.