La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Sà le digo, caballero! —replicó Dick, plegándose a su destino y decidido a decir lo primero que le viniera a la mente—. Un solo somier y un solo colchón no dan para una doble cantidad de sueño, y si usted tiene intención de dormir de esa manera, debe pagar un alquiler doble. En vez de enfurecerse y rebatir estas observaciones, el inquilino esbozó una amplia sonrisa y miró al señor Swiveller con ojos relucientes. Era un hombre de cara morena, curtida por el sol, que parecÃa todavÃa más moreno y curtido por llevar puesto el gorro de dormir. Como saltaba a la vista que debÃa de ser un tipo colérico en algunos aspectos, el señor Swiveller sintió alivio al comprobar que estaba de buen humor y, para que no abandonara dicha disposición, empezó a sonreÃr él también.
Al haber sido despertado de una manera tan ruda, el inquilino, furioso, habÃa ladeado el gorro más de la cuenta, lo que, al ser calvo, le prestaba cierto aire excéntrico y canallesco que al señor Swiveller, ahora que podÃa observarlo mejor, le hizo mucha gracia. Este, deseoso de congraciarse con el caballero, expresó la esperanza de que no siguiera durmiendo y de que, en lo sucesivo, nunca volviera a dormir tanto.
—Entre, descarado bribón —fue la respuesta del inquilino mientras se volvÃa para entrar en la habitación.