La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El señor Swiveller lo siguió hasta el interior dejando el taburete fuera, pero conservando la regla por si se producía alguna sorpresa, y se alegró de haber tomado esta medida de prudencia cuando el soltero, sin previo aviso ni explicación de ningún tipo, cerró la puerta con dos vueltas de llave.
—¿Le apetece tomar algo? —fue su siguiente pregunta.
El señor Swiveller contestó que acababa de calmar los tormentos de la sed, pero que estaba abierto a un «traguito» si el líquido se hallaba a mano. Sin ninguna palabra más por ninguna de las partes, el inquilino sacó de su gran baúl una especie de templete reluciente, como de plata fina, y lo colocó cuidadosamente sobre la mesa.
El señor Swiveller observó la escena con sumo interés. En un pequeño compartimento del templete, el inquilino echó un huevo; en otro, un poco de café; en un tercero, un filete crudo, guardado en una caja de hojalata; y en un cuarto echó un poco de agua. A continuación, sacó un fósforo de una cajetilla y lo aplicó a un hornillo situado en la parte baja del mismo templete; después cerró las puertecillas de los tres compartimentos, que volvió a abrir; y poco después, como por arte de magia, el filete estaba hecho, el huevo cocido, el café en su punto y el desayuno listo.