La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —¡Agua caliente! —profirió el inquilino, ofreciéndosela al señor Swiveller con la misma naturalidad que si se hubieran encontrado en una cocina normal—, ron fuera de serie, azúcar y un vaso de viaje. Mézclelo todo a su gusto. Y hágalo deprisa.
Dick obedeció, mirando alternativamente el templete, que estaba sobre la mesa y que parecÃa hacerlo todo, y el gran baúl, que parecÃa contenerlo todo. El inquilino tomó el desayuno con la mayor naturalidad, como si estuviera acostumbrado a aquel tipo de milagros.
—El hombre de la casa es abogado, ¿no es cierto? —preguntó este. Dick asintió con la cabeza. El ron era increÃble.
—La mujer de la casa… ¿qué es?
—Una dragona —contestó Dick.
El hombre soltero, tal vez porque se habÃa encontrado en sus viajes con seres semejantes o tal vez porque era efectivamente un caballero soltero, no mostró la menor sorpresa, sino que se limitó a preguntar:
—¿Esposa o hermana?
—Hermana —contestó Dick.
—Mejor asà —observó el caballero soltero—. Asà se puede librar de ella cuando le parezca.
Tras un breve silencio, agregó: