La tienda de antiguedades

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—Escuche, joven, yo quiero hacer lo que me plazca. Acostarme cuando me plazca, levantarme cuando me plazca, entrar cuando me plazca, salir cuando me plazca. No me gusta que me hagan preguntas ni que me espíen. A este respecto, la servidumbre es peor que el diablo. Sólo hay una criada aquí.

—Es muy pequeña —precisó Dick.

—Es muy pequeña —repitió el inquilino—. Bueno, el lugar me conviene, ¿no?

—Sí —respondió Dick.

—Son unos pajarracos, supongo, ¿no? —preguntó el inquilino.

Dick asintió con la cabeza y vació el vaso.

—Que sepan cómo me las gasto —expresó el caballero soltero, levantándose—. Si me molestan, perderán a un buen inquilino. Que les baste con saber esto. Si tratan de conocer más cosas…, eso equivaldrá a despedirme. Es mejor dejar las cosas bien claras desde el principio. Que tenga usted un buen día.

—Un momento —enunció Dick, deteniéndose antes de alcanzar la puerta, que el inquilino ya había abierto—. «Si aquel que te adora no te deja más que el nombre…».

—¿Qué quiere decir?

—Más que el nombre —repitió Dick. Que diga usted al menos su nombre, en caso de que reciba alguna carta o paquete.


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