La tienda de antiguedades

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—Yo nunca recibo ese tipo de cosas —replicó el inquilino.

—Pues entonces…, en caso de que alguien venga a visitarlo.

—No vendrá nadie a visitarme.

—Si se produce algún error por no saber cómo se llama, no me eche luego a mí la culpa, caballero —advirtió Dick, resistiéndose aún a salir—. «¡Ah, no inculpen al bardo!…».

—Yo no le echaré la culpa a nadie —espetó el inquilino con tal irascibilidad que al instante Dick se encontró en la escalera, con la puerta cerrada.

El señor Brass y la señorita Sally habían estado espiando; en realidad, sólo se habían apartado del ojo de la cerradura al producirse la abrupta salida del señor Swiveller. Pero, por mucho que lo intentaron, no lograron oír ni una palabra de la entrevista a causa de la disputa que habían mantenido para apropiarse del ojo de la cerradura, una disputa acompañada de empellones, pellizcos y otras pantomimas. Así que hicieron a Dick entrar en el despacho a toda prisa para que les relatara la conversación.


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