La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades El señor Swiveller contó fidedignamente lo que atañía a los deseos y carácter del caballero soltero, y poéticamente lo que atañía al gran baúl, del que hizo una descripción más notable por el vuelo de la imaginación que por atenerse a la verdad; declarando, con precisas aseveraciones, que contenía un espécimen de cada alimento y vino conocidos en nuestro tiempo, y que era de género automático —y servía para cualquier cosa que se necesitara—, impulsado por un mecanismo probablemente de relojería. También les comunicó que el aparato de cocción asaba un exquisito filete de solomillo de unas seis libras de peso en dos minutos y un cuarto, como él mismo había podido ver y reconocer por su sentido del olfato; y que, produjérase el efecto como se produjera, había visto hervir y borbotear agua cuando el caballero soltero guiñaba un ojo; de dichos hechos, él (el señor Swiveller) se veía inducido a inferir que el inquilino debía de ser un mago o químico de primer orden, o ambas cosas a la vez, y el que residiera bajo aquel techo no podía por menos de, en algún día futuro, proporcionar gran crédito y distinción al nombre de Brass y aportar un renovado interés a la historia de Bevis Marks.