La tienda de antiguedades

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A nadie le indignaban más tales acontecimientos que al señor Sampson Brass, quien, no pudiendo en modo alguno permitirse el lujo de perder a un inquilino tan rentable, recibía resignado la afrenta junto con el alquiler; pero importunaba a su vez a las personas que se arremolinaban alrededor de su puerta con cuantos medios de venganza tenía a su disposición. Así, vertía agua sucia sobre sus cabezas sin que lo vieran, arrojaba fragmentos de tejas y mortero desde el tejado de la casa y chantajeaba a los cocheros de cabriolés para que asomaran de repente por la esquina y se precipitaran sobre las personas concentradas. A primera vista, podría sorprender a una mente irreflexiva que el señor Brass, siendo él mismo miembro de la profesión togada, no presentara una denuncia en regla por tales alteraciones de la paz pública; pero conviene recordar que, al igual que los médicos, que raras veces toman lo que ellos mismos recetan, o que los eclesiásticos, que tampoco practican siempre lo que predican, los togados suelen ser reacios a recurrir a la ley por cuenta propia, sabedores de que esta es un instrumento muy afilado de incierta aplicación, muy dispendioso en cuanto a su funcionamiento e insustituible para imponer penas, que no siempre se imponen a la persona adecuada.

—¡Vaya! —exclamó el señor Brass después de comer—. Hace dos días que no tenemos a Polichinela. Espero que haya agotado todo el repertorio.


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