La tienda de antiguedades
La tienda de antiguedades —Entonces, tráiganmelo aquà —pidió el caballero soltero—. Tomen: una moneda de un soberano. Si logro encontrar a estas personas con su ayuda, esto habrá sido sólo el preludio de lo que vendrá después. Vuelvan mañana a verme, y reflexionen sobre este asunto, aunque no hace falta que yo se lo diga, pues lo harán ustedes por su propio interés. Ahora, denme su dirección y déjenme.
Dada la dirección, los dos hombres partieron, la gente partió tras ellos y, durante dos horas mortales, el caballero soltero paseó con inhabitual agitación de un lado a otro de la habitación, por encima de las cabezas asombradas del señor Swiveller y la señorita Sally Brass.
